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El huerto que sanaba: plantas, saberes y curanderas del Paso Blanco

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El huerto que sanaba: plantas, saberes y curanderas del Paso Blanco

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Hay una escena que se repite en los recuerdos de muchos vecinos del Paso Blanco: una mujer mayor, de manos oscuras y voz tranquila, que rebusca entre las matas de su huerto y corta unas ramas con la precisión de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Luego, sin mucha ceremonia, prepara algo —una infusión, un cataplasma, un ungüento— y te lo da con la misma naturalidad con que te daría el pan. «Tómatelo tres veces al día y ya verás».

Esa mujer tenía un nombre, o varios. La llamaban curandera, herbolaria, sabia, según el barrio y la generación. Y lo que sabía no lo había aprendido en ningún libro: venía de su madre, que lo había aprendido de la suya, en una cadena de transmisión oral que se remontaba a tiempos difíciles de precisar.

Una farmacia sin mostrador

En el Paso Blanco, como en tantos pueblos del sur de España, la medicina popular fue durante mucho tiempo la única medicina disponible. No porque la gente desconfiara de los médicos —aunque a veces también era eso— sino porque los médicos no siempre estaban cerca, y las dolencias, sí. Un niño con fiebre no podía esperar al día siguiente si había una vecina que sabía qué hacer con unas hojas de malva y un poco de miel.

El repertorio vegetal que manejaban estas mujeres era amplio y sorprendente. Plantas que hoy encontramos en cualquier herbolario de ciudad eran aquí conocidas por su nombre de siempre, el que les había puesto el pueblo: la hierba de las siete sangrías, la mata de la ronquera, el tomillo de los caminos. Cada una tenía sus usos, sus contraindicaciones tácitas y sus rituales de preparación.

Las plantas del pueblo: un catálogo vivo

Algunas hierbas eran tan comunes en los huertos del Paso Blanco que casi no se pensaba en ellas como medicina: simplemente estaban ahí, igual que el romero o la albahaca. La manzanilla, por ejemplo, era el recurso universal para cualquier malestar digestivo, pero también se usaba para lavar heridas y aliviar conjuntivitis. El poleo, que crecía silvestre en las orillas de los arroyos cercanos, se preparaba en infusión para los dolores menstruales y para ayudar a bajar la fiebre.

Luego estaban las plantas con usos más específicos, que no todo el mundo conocía. La ruda, por ejemplo, era una de esas hierbas de doble filo: útil para ciertos dolores de cabeza y para alejar los malos augurios, pero peligrosa en exceso. Las curanderas del Paso Blanco la manejaban con respeto, sabiendo bien cuándo y cuánto usar.

El espliego —la lavanda de aquí— perfumaba las casas y ahuyentaba los insectos, pero también se ponía en las almohadas de los niños inquietos para ayudarles a dormir. El hinojo silvestre se usaba para preparar un agua que facilitaba la digestión después de las comidas pesadas. La hierbabuena, omnipresente en cualquier patio, era el remedio más rápido para el dolor de estómago y el aliado indispensable para preparar ciertas bebidas caseras.

El mal de ojo y otros males sin nombre médico

No todas las dolencias que trataban las curanderas del Paso Blanco tenían un nombre en los manuales de medicina. Estaba el mal de ojo, que afectaba sobre todo a los niños pequeños y cuya curación implicaba rituales precisos: rezos específicos, aceite sobre agua, movimientos circulares sobre la cabeza del afectado. Estaba el susto, ese estado de decaimiento y tristeza que no era exactamente una enfermedad pero tampoco era salud. Y estaba el aojamiento, la envidia materializada en malestar físico, que requería intervenciones a medio camino entre lo botánico y lo espiritual.

Para estos males, las plantas se combinaban con palabras. La verbena, el laurel, la ruda y ciertas flores silvestres formaban parte de preparados que se acompañaban de oraciones o fórmulas que las curanderas recitaban en voz baja, a veces en un idioma que nadie más entendía del todo. Era, en muchos sentidos, una práctica liminal: ni puramente religiosa ni puramente empírica, sino algo propio y difícil de clasificar desde fuera.

Voces que aún recuerdan

Algunas de esas voces todavía están en el Paso Blanco. Mujeres —y algún hombre— que crecieron viendo a sus madres y abuelas preparar remedios y que conservan, con mayor o menor conciencia de ello, una parte de ese conocimiento. No se presentan como curanderas, claro; eso ya no se lleva. Pero si les preguntas qué hacer con un dolor de garganta o qué planta va bien para los nervios, te responden sin dudar.

En algunos huertos familiares del pueblo siguen creciendo plantas que no tienen ninguna utilidad gastronómica aparente: están ahí porque siempre estuvieron, porque la abuela decía que no podían faltar. Esa continuidad silenciosa es, quizás, la forma más honesta de transmisión cultural: no como museo ni como espectáculo, sino como hábito vivo.

Un saber que merece no perderse

Desde el Paso Blanco creemos que este patrimonio inmaterial merece atención y cuidado. No para romantizarlo ni para ponerlo en competencia con la medicina moderna —que tiene su lugar y su valor, por supuesto— sino para reconocerlo como parte de lo que somos. La relación que este pueblo tuvo con las plantas, con el territorio y con el cuerpo humano es una historia rica y compleja que todavía tiene mucho que enseñarnos.

Si tienes la suerte de conocer a alguien en el Paso Blanco que sepa de estas cosas, escúchale. Pregúntale qué crece en su huerto y para qué sirve cada mata. Es probable que lo que te cuente no lo encuentres en ningún buscador.

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