Palabras que se van: el habla viva del Paso Blanco y los que aún la recuerdan
Hay cosas que no se ven pero se escuchan. El Paso Blanco tiene una arquitectura sonora tan particular como sus fachadas encaladas: un modo de hablar que mezcla arcaísmos medievales, préstamos del árabe, ecos del latín rural y esa musicalidad propia de quien ha vivido siempre cerca de la tierra y lejos del ruido. Pero ese patrimonio, tan frágil como real, está desapareciendo a una velocidad que asusta.
Esta no es una historia de lingüistas ni de académicos. Es la historia de los vecinos que todavía dicen «agora» en lugar de «ahora», que llaman «jarea» al calor sofocante del mediodía y que usan verbos que sus nietos ya no entienden. Es la historia de un idioma dentro del idioma.
El español que llegó y nunca se fue del todo
Cuando uno escucha hablar a los mayores del Paso Blanco con cierta atención, tiene la extraña sensación de estar oyendo algo muy antiguo. No es casualidad. Muchas de las formas lingüísticas que persisten aquí son supervivientes directas del castellano de los siglos XVI y XVII, que quedaron atrapadas en los valles y caminos de esta zona cuando el resto de la lengua fue evolucionando hacia otro lado.
Palabras como «ansina» —variante de «así»— o expresiones como «¿a ónde vas?» en lugar de «¿adónde vas?» no son errores ni descuidos: son fósiles vivos del español, formas que los gramáticos consideran arcaísmos pero que aquí simplemente son el modo natural de expresarse. Lo mismo ocurre con el uso del «vos» en algunos contextos informales, una rareza en la Península que en cambio es completamente habitual en el habla cotidiana de ciertas familias del pueblo.
Lo que el campo dejó en la boca
El léxico agrícola del Paso Blanco es un mundo aparte. Términos como «trascolar» —pasar un líquido de un recipiente a otro—, «apacentar» con el sentido exacto de llevar el ganado a un pasto concreto, o «entarquinar» para describir cuando la lluvia encharca los caminos de tierra, son palabras que hoy casi nadie usa fuera de los mayores de sesenta años.
Manuela, vecina del barrio alto que tiene ochenta y dos años y una memoria que da envidia, nos recibió en su casa con un café y una conversación que podría haber durado días. «Mi madre decía que las palabras eran como las semillas: si no las siembras, se pierden», nos contó mientras removía el azúcar con una cuchara de peltre. «Yo le digo a mi nieta cosas y me mira como si le hablara en chino. Eso antes no pasaba».
Manuela todavía usa «enredar» para decir que algo le preocupa, «desgalichado» para describir a alguien sin gracia ni compostura, y «hacer la vista larga» cuando quiere decir que alguien disimula o hace como que no ve. Ninguna de esas expresiones aparece en los mensajes de WhatsApp de sus nietos.
Entre el árabe y el latín: las capas ocultas del vocabulario local
El Paso Blanco, como tantos otros rincones del sur peninsular, lleva siglos acumulando capas lingüísticas. El sustrato árabe es especialmente visible en el vocabulario relacionado con el agua, la agricultura y la arquitectura doméstica. Palabras como «acequia», «aljibe» o «zaguán» son tan cotidianas aquí que nadie repara en su origen, pero hay otras menos conocidas que son joyas lingüísticas de primer orden.
«Alborotarse el gaznate», por ejemplo, es una expresión local para describir la sensación de tener la garganta seca o irritada, una mezcla de árabe y latín popular que dice mucho sobre cómo se construyó esta variedad del español. O «hacer la zanguanga», que aquí significa fingir una enfermedad para no trabajar, y que tiene un recorrido etimológico tan tortuoso como fascinante.
José Antonio, maestro jubilado que lleva décadas recopilando estas expresiones en cuadernos que guarda con celo en una estantería desbordada, es quizás el mayor archivo vivo del habla del Paso Blanco. «Llevo más de treinta años apuntando todo lo que escucho», explica con esa mezcla de orgullo y tristeza que tiene quien sabe que trabaja contra el tiempo. «Hay palabras que ya no he vuelto a escuchar desde que murió la persona que me las dijo. Eso me pesa mucho».
La entonación, esa música que no se escribe
Pero el habla del Paso Blanco no es solo vocabulario. Es también ritmo, entonación, pausas y cadencias que le dan una personalidad inconfundible. La forma de alargar ciertas vocales al final de las frases interrogativas, el tono descendente con el que aquí se cierra una conversación o la velocidad particular con la que se habla cuando se está contando algo emocionante: todo eso forma parte de un sistema que los lingüistas llaman prosodia y que es tan difícil de preservar como de transcribir.
«Cuando vuelvo al pueblo después de un tiempo fuera, lo primero que noto es cómo habla la gente», nos dice Carmen, una mujer de cuarenta y tantos años que emigró a la ciudad hace décadas pero regresa cada verano. «Hay algo en el tono que te dice que estás en casa antes de que entiendas lo que te están diciendo. No sé cómo explicarlo, pero es así».
Esa música invisible es quizás lo más difícil de salvar, porque no basta con apuntar palabras en un cuaderno ni grabar conversaciones en un archivo de audio. La entonación se aprende viviendo, escuchando desde pequeño, dejando que entre por los oídos antes de que la cabeza sepa que está aprendiendo algo.
¿Qué se puede hacer?
En otros lugares de España, iniciativas como los archivos orales municipales, los proyectos de documentación lingüística en escuelas o los talleres intergeneracionales han logrado frenar —aunque sea parcialmente— esta pérdida. En el Paso Blanco, hay vecinos que llevan tiempo reclamando algo parecido: un espacio donde las palabras de los abuelos no desaparezcan con ellos.
José Antonio sueña con publicar algún día ese diccionario informal que lleva tres décadas construyendo. Manuela dice que ya está mayor para preocuparse, pero sonríe cuando su nieta repite sin darse cuenta alguna expresión suya. Carmen graba a su madre cuando habla, «por si acaso», dice, aunque no sabe muy bien por si acaso qué.
Lo que está claro es que el habla del Paso Blanco es patrimonio en el sentido más pleno de la palabra: algo que se hereda, que se puede perder y que, si desaparece, no se recupera. Las piedras de las ermitas se pueden restaurar. Las palabras olvidadas, no.
Así que la próxima vez que un vecino mayor te diga que algo está «encandilado» o que fulano «tiene mucho morro y poca vergüenza torera», para un momento y escucha bien. Puede que estés oyendo algo que nadie volverá a decir exactamente igual.